Sigmund Freud descubrió que los niños solían fantasear sobre su origen familiar, que inventaban historias en las que eran secretamente herederos de la corona o fruto de una aventura materna con un progenitor más interesante o más guapo o más poderoso que el hombre que les hacía de padre. Freud llamó a este fenómeno "la novela familiar", encontrando en la ficción literaria una forma para procesos psíquicos. No hace falta dar un gran salto para ver que cuando la literatura nos ofrece, literalmente, una novela familiar también está procesando pulsiones psíquicas difíciles de manejar, pero accesibles a través de géneros artísticos, del lenguaje y de la fantasía. Cuando la representación de la familia en la literatura está imbricada con la historia de un país, vemos que el origen que nos marca va más allá de los lazos sanguíneos, pero que a veces la descripción de esos lazos sanguíneos indaga en lo que nos vincula a lo que imaginamos como nación.
Otros ya han señalado y celebrado La distancia que nos separa de Renato Cisneros como contrapartida de Los rendidos de José Carlos Agüero: ambos, hijos de actores políticos en los años más cruentos de la violencia interna en el Perú, súbitamente sacan a la luz relatos que de maneras diversas presentan la perspectiva de una niñez a la sombra. Es interesante que ambos busquen lenguajes nuevos: Agüero es historiador, pero su texto tiene mucho de ensayo confesional; Cisneros, formado como periodista, declara que este texto es una novela de autoficción, pero la narración se desliza en más de una ocasión a la crónica. ¿Cómo contar experiencias tan intensas al nivel personal que a la vez son tan públicas, que tantos pueden apresurarse a juzgar? Una investigación de la exploración de género literario que constituyen ambos textos es importante, pero no son el punto que me interesa en este momento.
La novela de Cisneros ha impactado la escena literaria peruana no sólo porque despierta en muchos la curiosidad morbosa que suele producir una "roman à clef", y mucho más si el personaje central ha sido una figura controversial en la política peruana como lo fue el General Cisneros Vizquerra, el Gaucho Cisneros, sino porque ejemplifica con una nitidez que nos emplaza un fenómeno revelador en nuestra tradición: el despadre de la literatura peruana. El sistema literario peruano ha estado dominado por escritores. Apenas algunos puñados de escritoras han conseguido abrirse espacios en nuestra tradición. Ese hecho, sin embargo, no explica del todo el que los problemas de la masculinidad sean tan centrales en nuestra literatura. Sostengo que una sociedad patriarcal como la peruana pero que es, además, ex-imperio, ex-colonia, una sociedad cuyas élites se sienten con frecuencia doblegadas a intereses extranjeros y que fundan su soberanía en la opresión de sus conciudadanos, una sociedad con estas características manifiesta algunos de sus quiebres más profundos en las formas en las que representa al padre: pensemos en Vargas Llosa, en Arguedas, en el pobre huérfano de Julius.
Cisneros, desde su autoficción, urga no sólo en la experiencia que él tiene de su padre, sino en la que éste, a su vez, tuvo del suyo. Revela en el autoritarismo a veces brutal de su progenitor el desamparo original de haber sido hijo ilegítimo, escondido como un secreto sucio, las inseguridades, la constante necesidad de validación, el apego al orden castrense como una salvación que, al mismo tiempo, es el acceso al poder, al control, las repetidas conquistas de mujeres, la doble vida... Renato Cisneros desnuda en esta obra verdades dolorosas e íntimas vergüenzas: el descubrimiento de que la propia familia se origina en una mentira, los instintos sádicos que lo llevan a torturar lagartijas, la debacle del cáncer en el cuerpo de su padre. El escudo de la autoficción no intenta disfrazar dolores reales, aunque tal vez se nos presenta como una licencia para decir lo que de otra manera sería indecible.
Literariamente la novela abre en forma brillante: la historia familiar remota se entreteje en una prosa risueña con el presente del narrador. Cisneros encarna a ratos a los grandes maestros de la narrativa latinoamericana del siglo XX. Vemos en su prosa vestigios del García Márquez de Cien años de soledad, de la intriga político-periodística del Vargas Llosa de Conversación en la Catedral, de las reflexiones metafísicas sobre la identidad y la literatura del Borges más clásico. Pero la obsesión que lo sostiene como escritor de estas 355 páginas es el descubrir y retratar a su padre para así descubrir y retratarse a sí mismo. Ese afán de documentarlo todo hace que el último tercio del libro adquiera un ritmo de crónica periodística distinto del virtuosismo literario con que el texto abre.
El punto más débil de esta novela valiente y, casi en su totalidad, escrita con gran talento e integridad, se da cuando se parodia a algún periodista de la prensa amarilla que busca criticar y ridiculizar al General Cisneros. La parodia se vuelve biliar, la descripción de ese enemigo del padre, burda y caricaturesca. El sobrio, analítico, introspectivo, documentado narrador de otros pasajes pierde aquí el control como si pintando ese retrato deleznable del periodista que se ensaña con su padre de alguna manera pudiera recobrar su honor.
El título de la novela, La distancia que nos separa, acompañado por la imagen de la portada en la que vemos a medias a un militar mayor y a un joven con casaca de cuero, supone que ese hijo que narra la historia de su padre indaga en la brecha que existe entre ambos. La brecha se nos presenta como obvia: el viejo es autoritario, violento, recalcitrante; el joven, en cambio, sensible, progresista, alguien que se horroriza de ver fotos de su padre feliz entre los torturadores de los países vecinos. Y, sin embargo, la novela tal vez consigue cerrar esa brecha y poner un amor visceral como puente entre quienes son en apariencia distintos.
¿Pero cuáles podrían ser los otros sentidos de ese título? ¿Quién es el nosotros separado si Renato y el Gaucho pueden reencontrarse en la literatura? Podemos ensayar algunas respuestas: el narrador y sus lectores, los Cisneros y los otros, los que necesitarán entender, si no perdonar, los pecados del padre, porque es su padre, y los que seremos incapaces de entender.
La novela es, lo he dicho, valiente, exhaustiva, a ratos brillante. Y forma parte de esta etapa de la literatura peruana que está escogiendo mirar cara a cara el propio pasado. La recomiendo.