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Distopías

Distopía 2.0

Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, pero tampoco esperen un fiel reportaje de los hechos.

Margarita Saona

Publicado: 2015-03-14


Era una ciudad gris, con largos inviernos que sin ser extremos envolvían las calles de una húmeda, densa neblina. Las amas de casa se cansaban de batallar contra el polvo perpetuo de los desiertos circundantes. A ello se agregaba el humo de millones de carros, microbuses, camiones, motocicletas, que se reproducían a la velocidad de la luz.

Un día una mujer vio un muro pintado de colores, rostros de niños cantando, una paloma y el sol. Y pensó: “¿Y si lo pintamos todo? ¿Y si lo pintamos todo para ahuyentar al humo, a la niebla, al polvo, a la tristeza? ¿Y si lo pintamos todo? ¿No sería tal vez ese el camino a la felicidad?”

Y claro, “¡Qué ingenuidad!”-dijimos algunos. No se cambia la pobreza ni la geografía con dibujitos de colores. Pero ella fue e invitó a todos los artistas de los alrededores a pintar las paredes más feas, más pobres, más deslucidas y la ciudad gris se llenó de paisajes. No todos eran lindos, ojo. Algunos eran bastante feos. Algunos traían mensajes que a muchos resultaban ofensivos. Algunos hasta le daban mal nombre a la creatividad. Pero había de todo: expresionismo, costumbrismo, cubismo, cataclismo. Había imágenes de ímpetu jugetón, imágenes empalagósamente románticas, imágenes que incitaban a la lucha, imágenes que recordaban a los muertos, imágenes que impulsaban a la vida. No cambiaron ni el clima ni la pobreza, pero los ciudadanos levantaban la cabeza, miraban las pinturas, comentaban, discutían sobre lo que les gustaba y lo que no.

Pero entonces vino un señor que se hizo paladín del orden, de la defensa del patrimonio y de las buenas costumbres. Con quién sabe qué autoridad, con la razón de la sinrazón, mandó cubrir todas las imágenes de un turbio ocre. Algunos ciudadanos resistieron: se tomaron de las manos haciendo rondas frente a las imágenes. Y aun así los acólitos de aquel señor llegaron como dinosaurios con brochas y rodillos y galones y galones de pintura.

La ciudad gris está ahora habitada de ciudadanos cabizbajos que deambulan sin alzar la frente. Saben que la neblina cubre el horizonte y el amarillo de los muros cubren cualquier recuerdo, cualquier deseo, cualquier sueño de una realidad distinta.


Escrito por

Margarita Saona

Enseño literatura latinoamericana y estudios culturales en la Universidad de Illinois en Chicago.


Publicado en

Los medios de la memoria

Un espacio para pensar acerca de qué y cómo recordamos.