reconoce sus orígenes

Tocando la huella de lo real

A propósito de ¨Relicario¨de Ivana Ferrer

Publicado: 2014-10-10

Los objetos recobrados de las exhumaciones de víctimas del conflicto armado interno recorren el país buscando encontrarse con quien pueda reconocer en un tejido, en una hebilla, en un zapato, a la madre perdida, al marido, a la hermana, al hijo que nunca volvió, al ser querido cuya muerte violenta el tejido, la hebilla o el zapato de alguna manera confirman. Entre tanto, la mirada de Ivana Ferrer se acerca, interroga a los objetos a una distancia milimétrica, y en un escrutinio que se sitúa entre la objetividad del forense y el cuidado amoroso que reservamos para la intimidad, les pide a los objetos sus historias. 

"Relicario" es el título de la muestra de Ivana Ferrer en el ICPNA de Miraflores. Ferrer elabora desde una variedad de técnicas -acuarela, oleo, tinta- detalles de las fotografías del registro de exhumaciones del Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF). Carlo Trivelli, el curador de la muestra, explica la diferencia entre las fotografías que le dan a Ferrer la materia prima para estos cuadros y el trabajo que vemos en "Relicario": "El arduo trabajo manual y la concentración que este supone hacen que pintar estos objetos sea como atesorarlos. Al pintarlos, Ivana Ferrer los convierte en reliquias, en objetos con valor sentimental y no meras pruebas". Se menciona también en el catálogo de la muestra que Ferrer ha trabajado antes con lo indicial, la textura y la memoria. Me interesa reflexionar sobre la manera en que se producen esas conexiones: cómo es que el índice -aquella señal que apunta a lo real- puede activar la memoria y qué memoria es la que se activa.

Tanto la exhibición de los objetos recobrados como la fotografía de los mismos (pienso inevitablemente en "Si no vuelvo, búsquenme en Putis" de Domingo Giribaldi) operan metonínicamente: la visión de las prendas de los desaparecidos evocan, por asociación, el cuerpo ausente de la víctima. Un botón, una medalla, el tejido de una chompita nos remiten al cuerpo que los portaba, a sus dueños. Para los familiares el encuentro con los objetos despierta emociones intensas, como podemos verlo en algunos de los reportajes realizados durante la más reciente exhibición de prendas. Pero las cosas son poderosas: al verlas incluso quienes no hemos perdido a seres queridos ante la violencia somos capaces de sentir su fuerza. Podemos imaginar el encuentro, treinta años más tarde, con un objeto insignificante que es el único puente con el cuerpo amado que ya no está.

El trabajo de Ferrer va más allá de lo indicial. Sí, es verdad que registra y apunta hacia la huella material de lo que ocurrió. Pero la intensidad de su gesto, la obsesión con el detalle, la perspectiva que se acerca y se aleja -zoom in/zoom out- del rastro que examina, nos sitúa en el dolor pertinaz ante la pérdida, en el acercar y alejar la mirada para poder entender, sin poder creerlo, todo el horror de haber perdido a un ser querido por una muerte violenta.

Decía Sigmund Freud que para poder procesar el duelo por nuestros seres queridos debemos enfrentarnos a una "prueba de realidad": constatar, sin lugar a dudas, que la persona que amábamos no está más y no va a volver. Es por ello que la situación de los familiares de los desaparecidos es doblemente, perversamente, cruel. A la muerte violenta se suma la indolencia de unas autoridades que la niegan, de una sociedad que la ignora. Por ello, poder identificar los restos recobrados por las exhumaciones restituye a los deudos -hasta donde es posible ante semejante horror- la posibilidad de aceptar la muerte.

Las fotografías de las que parte la obra de Ivana Ferrer hacen el trabajo que le confiamos a la fotografía: el de consignar la existencia de lo que la imagen fotográfica registra. Lo que vemos existió, estuvo frente al lente, es la huella de lo real. Ante las fotografías forenses nos rendimos a la prueba de tantos delitos de lesa humanidad: los agujeros de bala perforando un cráneo no nos dejan ninguna duda de lo que ocurrió.

Pero el trabajo de Ferrer añade a esa prueba de realidad todo el íntimo cuidado de quien la escudriña, la observa, la toca, la acaricia, la interroga con desconcierto, con dolor, con amor, con una íntima obsesión. ¿Esto pasó? ¿Este tejido fue de verdad destruido por una bala? ¿Esas grietas en el hueso de verdad esconden el crimen que hizo trizas nuestras vidas?

Hay, en el trabajo de Ferrer, un hacer suyo y hacer nuestro ese dolor ajeno. Es imposible no pensar en cómo esa mirada que busca el detalle milimétrico, que luego se aleja para intentar una perspectiva, que se vuelve a acercar, se traduce en la devoción del trabajo manual y en la impresionante destreza que a partir de trazos y colores es capaz de transmitirnos la textura de la lana, el óxido en el metal, los esguinces en el hueso. Y es a través de ese puente entre la prueba forense y la intimidad de la mirada y del tacto que ¨Relicario¨ nos invita a participar del duelo de cada una de estas muertes. Y así como el orificio de bala en el tejido nos revela no sólo la existencia de la prenda, sino el de la vida truncada en ese instante, ese duelo por cada una de esas muertes nos lleva a poner en perspectiva las grandes fracturas en el tejido de nuestra nación. Comprender ese duelo es indispensable.


Escrito por

Margarita Saona

Enseño literatura latinoamericana y estudios culturales en la Universidad de Illinois en Chicago.


Publicado en

Los medios de la memoria

Un espacio para pensar acerca de qué y cómo recordamos.