quiere algo sostenible

Las insatisfactorias disyuntivas de los lugares de memoria

Más sobre espacios de memoria (1)

Algunas consideraciones sobre los espacios construidos como museos de memoria.

Margarita Saona

Publicado: 2014-06-10


Mi primer comentario respondía estrictamente a una preocupación fundamental con respecto al espacio hoy llamado Lugar de la memoria, la tolerancia y la inclusión social: entiendo que su función debe ser recordar la forma en que, como país, somos responsables de las decenas de miles que murieron por la violencia desatada durante las últimas dos décadas del siglo veinte; pienso que todo lo que eso dice de quiénes somos debería ser una lección para cambiar no sólo el futuro, sino el presente. Pero no voy a emitir más juicios que ésos hasta que no podamos ver el espacio en funcionamiento. Como bien dice Elizabeth Jelin, más allá de los debates políticos y emocionales que la instauración de estos espacios conlleva, el uso que el público le dé a los espacios, el factor humano, determinará las formas que esas marcas de memoria vayan tomando.(1) Pero dado que he estado tratando de entender cómo funcionan los espacios de memoria, me gustaría compartir algunas ideas que puedan ayudar a tomar perspectiva frente al LUM y a otras iniciativas.

Hay, fundamentalmente, tres tipos de espacios de memorialización en comunidades que han atravesado situaciones de violencia política. Hay espacios construidos específicamente como lugar de conmemoración; hay otros espacios que pueden ser entendidos como “el lugar de los hecho” (o para decirlo de otra manera, “la escena del crimen”), el emplazamiento físico de los acontecimientos que se conmemoran; y existen también lugares descentralizados, móviles, virtuales, que llevan la memoria de los hechos al público sin esperar a que el público vaya a ellos. Escribiré breves notas sobre algunos de los elementos que se deben tomar en cuenta al pensar en el funcionamiento de estos distintos espacios. Empezaré hoy por plantear algunas de las problemáticas que enfrentan quienes se embarcan en la difícil tarea de construir museos de memoria, es decir, espacios “artificiales” que tienen como finalidad reconstruir los eventos que afectaron a una comunidad o conmemorar a sus víctimas.

No voy a detenerme en los debates que preceden a la construcción: si el museo debe existir o no o si la locación del museo es la más adecuada. Cada uno de esos aspectos ya es cuestión de debate. Hoy simplemente quiero reflexionar sobre una de la disyuntivas imposibles que plantean los marcos afectivos y políticos en el diseño del espacio y la museografía. ¿Cómo construir un museo de hechos terribles? Incluso si hay un acuerdo sobre la historia que se quiere contar, de todas formas se planteará el problema de cómo contarla. ¿Queremos transmitir el horror? ¿O queremos transmitir la posibilidad de sobreponerse al horror? Este es uno de los muchos callejones de salida que encuentran quienes diseñan estos espacios. Se trata de una falsa disyuntiva, de una disyuntiva imposible, pues sea cual sea la elección que se haga, dicha elección será vista como errada, incompleta o, incluso, ofensiva.

Para decirlo de una manera directa, aunque algo simplificadora, el diseño de los espacios busca afectar al público: busca transmitir a un nivel experiencial ciertas emociones y estas emociones se pueden entender, otra vez de forma simplificada, como positivas o negativas. Las negativas buscan que los espectadores sintamos, hasta donde esto es posible en un museo, el dolor, la opresión, el desconcierto, el miedo. Las positivas, en cambio, aunque refieran también a hechos terribles, crean formas de empatía similares a la compasión, pero sin enfatizar, en el espacio mismo, sensaciones físicas que para la mayoría de los seres humanos resultan adversas: la oscuridad, la estrechez espacial, la sensación de encierro, la falta de equilibrio. Esos efectos físicos que el espacio nos produce están siendo estudiados en lugares como la Academia de Neurosciencia para la Arquitectura en San Diego, California. Los principios de diseño que han marcado las construcciones durante milenios pueden ser estudiados por los efectos que nos causan: la altura de los techos, la posición de las ventanas, el balance entre accesibilidad y privacidad, el aislamiento del ruido, etc.

Entre los arquitectos más renombrados que buscan producir efectos experienciales en museos de memoria se encuentra Daniel Libeskind.(2) En el Museo Judío de Berlín, por ejemplo, el Jardín del Exilio está construido en una pendiente de 12º. Esto busca crear en los espectadores la sensación de inestabilidad y falta de orientación que el desplazamiento forzado produce. En el mismo museo, la Torre del Holocausto encierra al visitante en un espacio estrecho que se extiende verticalmente hacia una única fuente de luz, insuficiente para poder tener perspectiva sobre la propia ubicación. Pero esos efectos conseguidos por Libeskind no son apreciados por todos. Hay quienes, aunque reconozcan su destreza en producirnos sensaciones a través de su manipulación de las formas, encuentran que su arquitectura es, en general, opresiva incluso cuando no debe serlo. (3)

En un reciente artículo publicado en Harvard Review of Latin America, ReVista Doris Sommer critica el impacto físicamente negativo que produce el Museo de la Memoria y los derechos humanos de Santiago de Chile.  (4) Aunque Sommer insiste en que no se trata de velar o de disminuir el impacto del horror del régimen de Pinochet, ve como excesivos el estilo bunker de la arquitectura, la iluminación y la disposición de las salas, sumada al contenido en el que la enormidad de las paredes que recogen los rostros de las víctimas, los horrores de los testimonios, videos de gente maltratada por las fuerzas policiales. Sommer se enfrenta al problema de una institución designada a exponer los vergonzosos crímenes de la dictadura: el enfoque en la vergüenza, piensa Sommer, mantendrá alejados a posibles espectadores, mientras que, tal vez, una integración de los elementos que hacen valiosa la democracia podría construir una memoria en que el orgullo nacional fuera precisamente una causa para oponerse al horror.

La iniciativa fundadora que fue Yuyanapaq para el Perú post-CVR tomó una línea muy clara, expresada en la curaduría y la museografía de aquella muestra fotográfica. Mayu Mohanna y Nancy Chappell, las curadoras, hablaban de sostener a los espectadores emocionalmente y de evitar convertir a la muestra en una cámara del horror. (5) El diseño museográfico de Luis Longhi enfatizaba el uso de luz natural, el adobe expuesto, el blanco y negro. En una nota de la revista ARQ Longhi habla de Yuyanapaq como un bálsamo para las heridas del país y Juan Solano, habla de cómo el uso de telas blancas utilizadas en la muestra crean un efecto inmaterial que no borran los recuerdos dolorosos, aunque los difuminan. (6)

Esa necesidad de sanación repercute también en El ojo que llora, de Lika Mutal, que convierte ese ímpetu en un espacio para la contemplación, guiado por una estética Zen, donde el laberinto de nombres constituye un recorrido meditativo. El diseño de piedras en un patrón que se repite y se extiende es consistente con la imagen de fractales, la repetición de elementos aparentemente infinitos, y que es, según Esther Sterberg, uno de los elementos del diseño que tienen el efecto de reducir el estrés. (7)

Aunque no voy a entrar en este momento en el problema del contenido de los museos, es evidente que lo que se escoge representar oscila también entre el mostrar los horrores sufridos por una comunidad y el rescatar una memoria edificante. En el caso del Museo de la memoria de Putacca, estudiado por Félix Reátegui, se ve que, aunque se representan imágenes de víctimas de la violencia, el énfasis estaba puesto en una memoria colectiva que precedía a la guerra: tradiciones, fauna, flora, como parte de una identidad comunal mayor que la tragedia de la violencia. (8)

Será interesante ver cómo se articulan los contenidos de El lugar de la memoria, la tolerancia y la inclusión social con una arquitectura creada para armonizar el peregrinaje del dolor con la búsqueda de sanación en la integración del paisaje de la bahía de Miraflores. (9) He escuchado ya críticas hacia la idea misma de una trayectoria ascendente que culmina en el espacio abierto hacia el mar. Creo que el temor detrás de estas críticas tiene que ver con la preocupación --que comparto-- de que se imponga una estética que borre la responsabilidad sobre los crímenes cometidos. No creo, sin embargo, que esa apertura hacia el horizonte sea dejar el pasado en el olvido.

Hacer un espacio opresivo, uno que haga sentir los ecos del horror en el cuerpo de los espectadores. O hacer un espacio que busque sanar las heridas sociales, pero que corra el riesgo de parecer conciliatorio, o que pueda acabar deslizando la memoria hacia la indiferencia. Ninguna de las opciones será bien recibida. Lo que debemos recordar es que seremos nosotros los que construyamos la memoria en nuestra interacción con los espacios.


(1) Jelin, Elizabeth. "Public memorialization in perspective: Truth, justice and memory of past repression in the southern cone of South America." International Journal of Transitional Justice 1.1 (2007): 138-156.

(2) Puede encontrarse un enlace al edificio Libeskind en el Museo Judio de Berlín en este enlace: http://www.jmberlin.de/main/EN/04-About-The-Museum/01-Architecture/01-libeskind-Building.php

(3) Véase este artículo de Brian Hanson y Nikos Salingaros: http://archrecord.construction.com/inTheCause/0203Libeskind/libeskind-2.asp

(4) Se pude visitar la página del museo en el siguiente enlace: http://www.museodelamemoria.cl/ El artículo se Sommer se puede obtener en PDF a través del siguiente enlace: Sommer, Doris. “The Rub. Against the Proud Grain of Chile’s History.” ReVista. Harvard Review of Latin America. Fall 2003. Vol. XII, Nº1, pp. 56-57, http://revista.drclas.harvard.edu/publications/revistaonline/sites/default/files/ReVista_F13_SHIP_spreads_REVISE.pdf

(5) Chappell, N. and Mohanna, M. (2006) “Witness-Yuyanapaq: In Order to Remember – With Images Culled from Ninety Archives, Chappell and Mohanna Present the History and Legacy of Twenty Years of Terrorism in Peru”, Aperture, 183, pp. 54–63.

(6) Longhi, L. (2005) “Yuyanapac: Lima, Perú”, ARQ (Santiago), 61, 74–77, www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0717-69962005006100017&script=sci_arttext, November 11, 2013.

(7) El artículo de Katherine Hite en A Contracorriente hace una excelente descripción de la filosofía zen detrás de la concepción del Ojo que llora. Véase Hite, K. (2007) “The Eye that Cries: The Politics of Representing Victims in Contemporary Peru”, A Contracorriente, 5(1), pp. 108–34. Esther M. Sternberg estudia la forma en que los espacios afectan la salud en Healing Spaces. The Science of Place and Well-being. Cambridge: Belknap Press, 2009.

(8) Reátegui, F. (2010) Los sitios de la memoria: Procesos sociales de la conmemoración en el Perú (Lima: Instituto de Democracia y Derechos Humanos; Konrad Adenauer Stiftung), Impreso.

(9) Algunas de las ideas que guiaron el diseño arquitectónico pueden encontrarse en esta nota sobre el proyecto de Barclay & Crousse: http://www.plataformaarquitectura.cl/2014/01/24/en-construccion-el-lugar-de-la-memoria-barclay-and-crousse/


Escrito por

Margarita Saona

Enseño literatura latinoamericana y estudios culturales en la Universidad de Illinois en Chicago.


Publicado en

Los medios de la memoria

Un espacio para pensar acerca de qué y cómo recordamos.