El imperativo de la memoria y los recuerdos irreconciliables
A propósito del Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social.
No es fácil escribir del Perú a la distancia. La información que recibo me llega siempre a través de filtros e incluso cuando tengo la oportunidad de volver para tratar de acercarme a “la realidad nacional”, debo reconocer las limitaciones de mi mirada. Durante mis primeros doce años fuera del Perú la conciencia de esas limitaciones me impedía incluso opinar sobre las cosas que ocurrían en el país. Hace diez años una visita a Yuyanapaq en la Casa Riva Agüero me hizo cambiar de opinión. Salí de la exhibición con un convencimiento y un propósito: el convencimiento de que la historia del Perú era también mi historia, aunque mi experiencia de ciertos hechos fuera parcial o distante; el propósito de entender la manera en que un país puede recordar un pasado doloroso y las formas en la que la cultura alcanza o no a comunicarlo.
He pasado los últimos diez años tratando de entender, entre otras cosas, el poder que tuvo esa exhibición para mí y para muchos otros. Aunque no sea más que evidencia anecdótica, lo he escuchado muchas veces: el impacto de Yuyanapaq llevó a artistas a crear, a jóvenes estudiantes a optar por formas de activismo politico, a ciudadanos comunes y corrientes a re-examinar su relación con el pasado del país. Para mí, investigadora académica por formación, la interpelación de Yuyanapaq se convirtió en un giro de ciento ochenta grados hacia los estudios de la memoria y los mecanismos que utilizamos para enfrentar un pasado tan difícil como el nuestro.
He seguido a la distancia y como mejor he podido los desarrollos de El Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social. En octubre del año pasado, gracias a la gentileza de Jean Pierre Crousse tuve oportunidad de visitar la construcción. Al enterarme de los planes para su inauguración esta semana, me apenó no poder estar en Lima en esas fechas. Hace unos días, en un panel de la conferencia de LASA, un joven investigador explicó que apenas una parte de Yuyanapaq será incluida y apenas como una exhibición entre otras.
En una era en la que las comunicaciones fluyen de manera indiscriminada no siempre es fácil corroborar fuentes. Hoy, aún bajo los efectos de esta conferencia internacional que tenía como tema central la memoria, acudí a la página de El Lugar de la Memoria, visitada muchas veces en el transcurso de mi investigación, pero al abrirla pensé que me había equivocado. Un nuevo logo festivo y colorido me invitaba a “Un nuevo espacio público para la ciudad y el país”.
Tras verificar que no era un error indagué en los enlaces que la página ofrece, anunciando el festival Ilumina y presentando entrevistas de la directora Denise Ledgard. Debo decir que me choca este nuevo giro en el que una institución que se originó en una donación explícitamente destinada a crear un museo de memoria y que fue inspirada por la potente narrativa de Yuyanapaq parece haber devenido en un gran centro cultural.
Para recordar, aquello que en su momento se llamó “El relato visual del conflicto armado interno” ofrecía una narrativa del pasado que permitía a muchísimos peruanos acercarnos a las heridas del país, mirarlas de frente, reflexionar acerca de nuestra propia participación en el ahondamiento de esas heridas o en nuestra capacidad de sanación.
Espero que mi percepción de la nueva identidad de este espacio sea errada. Denise Ledgard, en la entrevista enlazada a la página, menciona entre los colaboradores a gente que tiene toda mi admiración y respeto, desde Ponciano del Pino hasta Jorge Villacorta y Natalia Iguíñiz. Pero en este momento me preocupa lo que parece ser –como digo desde lo que se puede observar en la página y en la entrevista- una fuerte intención conciliatoria.
Es verdad que la memoria no es una verdad fija e inamovible. Es también cierto que la riqueza de los movimientos de memoria en el Perú reciente tiene que ver con su diversidad y creatividad. Y, sin embargo, Yuyanapaq. Para recordar, aquello que en su momento se llamó “El relato visual del conflicto armado interno” ofrecía una narrativa del pasado que permitía a muchísimos peruanos acercarnos a las heridas del país, mirarlas de frente, reflexionar acerca de nuestra propia participación en el ahondamiento de esas heridas o en nuestra capacidad de sanación.
No habrá consenso sobre todos los recuerdos. Pero el reporte generado por la CVR no fue solo una narrativa del pasado entre muchas igualmente valiosas. Fue el resultado de una investigación minuciosa, plural. Por supuesto que tiene limitaciones. Por supuesto que un museo nacional de la memoria tiene que tratar de incluir voces silenciadas. Pero hay términos que parecen haberse convertido en malas palabras en estos días y es como si se los pudiera decir solamente en voz baja, o mirando para otro lado, como si se quisiera que la gente no repare en ellos frente a los vibrantes colores del nuevo logo: derechos humanos, violaciones, víctimas, responsables… Un país que olvida su historia está condenado a repetirla, decía la CVR. Yo sigo creyendo en ese imperativo. Creo también que hay hechos que no se pueden tolerar. Creo en el trabajo de aquellos que intentan comprender el pasado y el presente, sabiendo que la reconciliación no se puede dar bajo un manto de amnistía.
Confío en que el Lugar de la Memoria tendrá el valor de conservar ese compromiso inicial de recordarle al país una historia que no se debe repetir.